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Tom Ford, moda para hombres

  • 4 may 2017
  • 4 Min. de lectura

Nació en Austin (Texas) el 27 de agosto de 1961. Estudió para ser arquitecto y decorador de interiores, su temprana vocación fue ser actor, probó suerte como director de cine -sólo un largometraje hasta el momento, A Single Man-, pero alcanzó la fama mundial como diseñador de moda. Al frente de Gucci y de Yves Saint Laurent, Tom Ford revolucionó el modo de entender la moda. La sexualidad más elegantemente explícita fue añadida a un nuevo concepto de mercado y su ecuación se tradujo en un éxito -de venta, y de público- planetario.

En Gucci consiguió que la marca -tocada y deficitaria- de pasar del 0 al 100 como si se tratara del mejor de los Ferraris. Domenico De Sole -su socio, y la otra mitad del tándem de éxito en la división de negocios- comentaba que cuando Tom llegó a Gucci todo era marrón, redondo y blando; cuando él salió todo era negro, cuadrado y duro. Por no mentar las ganacias, que pasaron de una empresa valorada en 230 millones de dólares a la escandalosa cifra de 3 billones (anglosajones). En YSL trazó un plan de marketing que funcionaba -el banco de pruebas había sido Gucci- y lo adaptó a la maison parisiense más sofisticada. Bajo su influjo, Saint Laurent destilaba una refinada sexualidad que reportó cuantiosos dividendos.

En la actualidad, Ford ha vuelto sobre el camino del diseño con su propia firma. Tom Ford -la marca- empezó siendo un oasis de belleza suprema, con un amplio catálogo de perfumes y maquillaje. La firma creció en oferta, hasta convertirse en el paladín del gentleman contemporáneo. Diseños de impecable factura con acabados y materiales exquisitos. Ford no tardó en darle la réplica a las colecciones para mujer. Diseños que beben de una estética en clara influencia sobre la década de los setenta pero que bajo su batuta rezuman una sexualidad magnética.

La piel bronceada en el punto adecuado -de aspecto saludable, evitando la tanorexia-, la camisa blanca e impecable desabrochada -estudiadamente- tres botones, y una chaqueta negra que parece esculpida sobre sus hombros y su torso. Unas señas de identidad y de estilo que lo identifican con sólo hacer acto de presencia. Él, con su posado, su temple y sus maneras pausadas, es el mejor embajador de lo que Tom Ford encarna.

Rozando la treintena, Tom Ford ocupó el sillón de la casa Gucci. En una mítica casa italiana consagrada a los accesorios y los artículos de piel, todo estaba por hacer. Tanto es así que hasta 1994 -momento de la primera colección- su trabajo consistió en poner firme una trastienda vetusta y apolillada. El primer cometido de Ford en Gucci fue romper todas las normas que se habían establecido. Nada de hablar con la prensa, nada de salir a saludar al terminar el desfile, etc. Axiomas que, por supuesto, Tom destruyó al instante. Para su tercera colección -esa que supone el empujón definitivo- en 1996, Ford dejó entrever los pilares sobre los que se iba a asentar su trayectoria: esculturales vestidos blancos que potenciaban la silueta femenina y jugaban a la provocación con troquelados sinuosos en forma de “G”. El estribo, el web -la tribanda roja y verde-, el Flora, etc. Las insignias de la firma se convertían en accesorios imprescindibles dentro del ecosistema fashion; si bien todos habían sido bendecidos con el guiño Ford. Rescató el aire hippie, y bajó el talle del pantalón de la cintura a la cadera, al tiempo que ensanchaba la pata. El escote, en las camisas de seda, se volvió increíblemente atractivo y profundo. En la retina, todavía presente, Madonna en los MTV de 1995 con total look Gucci. Las chaquetas cortas, entalladas y rematadas con solapas desbordantes se mezclaban con las faldas lápiz y los stilettos más sexys. La maquinaria de negocio estaba engrasada, y el lifestyle de la firma desplegaba imaginería en todos los campos. Los clientes Gucci eran una explosiva mujer que se movía por el mundo en avión, poderosa y segura de su alcance. El modelo varón…. era él. Y ambos, entregados a un hedonismo irredento y sin ápice de culpabilidad. Para entonces, el éxito estaba más que asegurado y más que garantizado. Tiempo para dar el salto a París. Yves Saint Laurent fue la segunda firma que Tom Ford -siempre con Domenico De Sole, esa cabeza dotada para el negocio- regentó. Adquirida por el dúo -después sería absorbida por PPR, el conglomerado de empresas de lujo de François-Henri Pinault- Tom tomó las riendas del diseño. Si en un principio parecía reinar la cordialidad entre el créateur Yves y Tom Ford, las desavenencias entre ambos se hicieron bien públicas vía misivas del frances al americano. Pero el sueño de Tom era imparable, y su receta -sexual- del éxito también encontró buena acogida en el corazón de la capital del Sena. Volúmenes, volantes y potentes escotes que dialogaban con el icono de la casa que más veces revisitó Tom Ford, el esmoquin. En 2004 llegó el fin. De la era Tom Ford en Gucci y de la era Tom Ford en Yves Saint Laurent. El diseñador se despidió de ambas firmas con un sentido tributo al legato. En Saint Laurent revisitó los archivos de la colección inspirada en China que presentó Yves en 1997, el año del lanzamiento de Opium, todo un bestseller en materia de fragancias. En Gucci miró hacia los propios y cerró el desfile con la misma modelo -Georgina Grenvile-, con el mismo tema -Love Theme, de Love Unlimited- y con cuatro vestidos blancos -inspirados en sus propuestas de 1996, la colección que le consagró-. Y tras el éxito, el vacío. Tom Ford desinfló el ritmo de su vorágine laboral y por el camino se encontró con una depresión y algunos vodka tonics -su cóctel favorito- de más. Todo había quedado bien atado -desde la sucesión hasta las cuentas- en las firmas que dejaba y era momento de explorar nuevos caminos.


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